Buscó infructuosamente entre los asistentes alguna mirada que no estuviese cargada de desdén. Ahora sabía lo que era estar sobre un proscenio atrayendo la atención de un público, aunque se imaginó que distaba demasiado de la sensación que tienen los artistas al estar sobre un escenario. Sin embargo logró distinguir en sus ojos más miedo del que él sentía.
Miró hacia el frente y trató de no temblar. Empuñó con fuerza sus manos esposadas a la espalda y tragó saliva. En ese momento, un hombre que distaba mucho de presentador comenzó a recitar algo que no quiso escuchar, algo que lo llenaba de ira y de pena. Aquél era el espectáculo más triste al que había asistido y él era el protagonista.
Miró una vez más a la concurrencia. Trajeados, bien vestidos y peinados. Podía oler su miseria camuflada con perfume desde su pequeña tarima. Recordó como estaba vestido ya que estaba demasiado tenso para bajar la vista. El único raído y lustroso traje que tenía y le acompañaba a cada lugar que no fuera la fábrica.
Se le apretó la garganta cuando supo que aquél hombre había terminado con su obscena letanía y entendió que pronto se bajaría el telón y el show se daría por terminado.
Sintió unas manos que le asían firmemente por los hombros y lo conducían hacia una zona especialmente demarcada en el piso, donde sus pasos retumbaron más que sobre el resto de la superficie.
Escrutó entre los uniformes, maletines, cabellos bien peinados y engominados, rostros de hombres y mujeres que jamás conocieron el trabajo y su corazón latió con más fuerza. El miedo se disipó y saboreó el odio haciéndole esbozar una leve sonrisa.
Se le acercó un anciano vestido de negro con un libro entre las manos y le miró a los ojos con lástima. Recitó unas palabras cargadas de falsa compasión y le preguntó si se arrepentía.
Su grito resonó en toda la sala.
Oyó murmullos y lo encandiló el flash de una cámara fotográfica.
En ese momento se bajó el telón.
No era de terciopelo rojo terminado en cenefas de finos cordones dorados. Sintió descender rápida y fugazmente una bolsa de lona sobre su cabeza.
La cuerda se apretó tras su cuello y respiró hondo.
Cada segundo fue como un golpe. Sintió que se desvanecía mientras miles de preguntas asediaban su mente. Dejó escapar una lágrima ahora que sus verdugos no podían ver su rostro y respiró por última vez.
Un fuerte chasquido rompió con el tenso silencio de la sala. La cuerda se tensó y crujió la viga que le sostenía.
Lo último que logró escuchar fueron un par de voces de espanto y un aullido apagado de una mujer, más su mente le hizo recordar las voces de sus compañeros y compañeras, pudo sentir sus corazones encendidos por el fuego de la venganza y la esperanza.
Cayó al fin su pensamiento con el último latido de su corazón, más no sintió como si una vela se apagase o una flor roja y negra se marchitase, sino que el retumbar de éste dentro de su pecho resonó hasta el más recóndito lugar de la consciencia de los asistentes, quienes sin percatarse grabaron a fuego en sus mermadas voluntades las últimas palabras de aquél hombre a quien acababan de quitarle la vida.
-¡Muerte al estado y que viva la anarquía!-
lunes, 21 de octubre de 2013
Madre casi tierra.
Te debo cuanto soy,
Umúnculo, embrión, promesa.
La ortografía jactanciosa
que heredaron mis genes
Y una infancia entre los olores
de un Santiago añejo.
Te debo una incipiente erudición,
El saber y el sabor de los libros que devoro.
Un paladar amante de los sabores de mi tierra
y un apetito que no desdeña
de las ollas y marmitas populares.
Te debo el copihue en su selva
y la añañuca en su desierto.
Te debo también el resentimiento
por más que lo cargues con vergüenza.
Soy los poemas de Machado,
De Serrat y la Violeta,
el cantar de la guitarra,
el volcán y la protesta.
Soy asfalto y carretera,
camino que hasta por la tierra
anduvo buscando aventura.
Te debo el sur, el mar y el aromo
que estando en flor
tiñó de amarillo mi pelo.
Te debo más cuanto tengo
y que por no tener nada
es más cuanto te agradezco.
viernes, 6 de septiembre de 2013
Algo nuevo
No estoy para sonetos
ni tu estás para poemas.
Y aunque aún no sea el tiempo
de sufrir desvelos por soñarte,
se destejen los minutos en mi mente
bajo la sombra de fugaces recuerdos.
Tal vez no seas más que espuma
en la orilla de mis mil y un mareas.
Pero por más profano que te suene
no derramo tinta de mis venas
si tras cada latido del tintero
no hay razones por las cuales desangrarme
No estoy para sonetos
ni tu estás para poemas.
Pero has de saber por mis palabras,
alardes, de poesía disfrazadas
que si mancho con mi alma estos papeles,
créeme, por favor, que no lo hago por nada
miércoles, 21 de agosto de 2013
El adiós.
Llevé un cigarrillo a mis labios y lo encendí. Contemplé los árboles desnudos de hojas y a estas esparcidas como cadáveres en el piso luego de una batalla feroz contra el viento. La naturaleza las vencía cada otoño. No contenta con haberles quitado su hermosura esmeralda, las desprendía con una serie de violentas sacudidas de su posición privilegiada. Mientras me acomodaba en aquel banco de plaza, no podía imaginarme cual grande debió de ser la afrenta de las hojas para despertar en el viento semejante saña.
Estiré mis pies por sobre el charco que se había formado bajo el escaño y boté el humo.
Cerré mis ojos e hice de los autos, el canto de los pájaros y los pasos de los transeúntes crujiendo sobre el maicillo, mi propio silencio. Un silencio condicionado a la vida inalterable de una ciudad que no paraba, un lugar donde me había resignado hacía tiempo a la esperanza de dejar de recibir estímulos auditivos.
Me hundí en aquella escena invernal, donde el cielo estaba coloreado por las más diversas tonalidades de gris (desde el "casi blanco" hasta "el que trae lluvia") y dejé caer mi cabeza hacia atrás ofreciendo mi rostro a las nubes y esperé. Esperé.
Esperé.
Esperé durante no sé cuanto tiempo a que las gotas mojaran mi cara, pero lo único que me trajo el invierno fueron unos pasos aproximándose, los que se detuvieron frente a mis pies estirados por sobre el charco. Levanté mi cabeza y te vi. Bajé la vista y miré mi ropa, oscura como el cielo y volví a mirarte.
Te vi brillante, con una sonrisa de rayos más potentes que el sol de enero y una flor prendiendo de tu pelo. Vi tus ojos divertidos al encontrarse con los míos, melancólicos. Te vi, me paré y sin decir nada, te besé.
Fue en ese momento cuando comprendí que el invierno había acabado.
sábado, 17 de agosto de 2013
Mente sana, cuerpo sano.
Me siento enfermo. Siento como mi cuerpo se deteriora y con él mi mente.
Me miento descaradamente y me digo que no lo volveré a hacer, quizás solo por tranquilizar mi psique anegada en alcohol y porro. La ahogo en un vaso mientras trata de decirme algo desesperadamente. La sujeto de los cabellos y hundo su rostro en vino barato hasta que sus movimientos para tratar de safarse se transforman en espasmos, para luego morir asfixiada.
Me miro al espejo y recuerdo de manera casi textual el desglose etimológico de la palabra adicción. Lo "no dicho". Vuelvo a mirarme en el espejo y veo un rostro desfigurado por el festejo incesante y sin sentido a la juventud sin sueños. Me miro y pienso ¿Qué será lo que no quiero decir?
Siempre he sostenido con altanería que no me arrodillo ante nadie y que jamás lo haría. No puede existir para mi un acto más bajo de sumisión y humillación que aquél. Ahora cierro los ojos y me arrodillo, completamente sumiso, como un puto esclavo de la peor calaña. Me arrodillo ante mis miedos, ante mis ojos llorosos y perdidos, ante el desprecio con el que me auto destruyo y ante mi boca cerrada. Me arrodillo para abrir mis labios y vomito.
Me miento descaradamente y me digo que no lo volveré a hacer, quizás solo por tranquilizar mi psique anegada en alcohol y porro. La ahogo en un vaso mientras trata de decirme algo desesperadamente. La sujeto de los cabellos y hundo su rostro en vino barato hasta que sus movimientos para tratar de safarse se transforman en espasmos, para luego morir asfixiada.
Me miro al espejo y recuerdo de manera casi textual el desglose etimológico de la palabra adicción. Lo "no dicho". Vuelvo a mirarme en el espejo y veo un rostro desfigurado por el festejo incesante y sin sentido a la juventud sin sueños. Me miro y pienso ¿Qué será lo que no quiero decir?
Siempre he sostenido con altanería que no me arrodillo ante nadie y que jamás lo haría. No puede existir para mi un acto más bajo de sumisión y humillación que aquél. Ahora cierro los ojos y me arrodillo, completamente sumiso, como un puto esclavo de la peor calaña. Me arrodillo ante mis miedos, ante mis ojos llorosos y perdidos, ante el desprecio con el que me auto destruyo y ante mi boca cerrada. Me arrodillo para abrir mis labios y vomito.
jueves, 28 de julio de 2011
El juego
Fe de erratas: Tienen nombre... y que?
I
I
Mientras esquivaba a la gente por el paseo Ahumada, iba cambiando de a poco las canciones en su reproductor, notando que nada le satisfacía, por lo que optó por apagarlo y preocuparse de no golpear a nadie.
Cuando llegó al semáforo esperando la luz verde, notó un ligero estremecimiento, un escalofrío que contrastó con el calor sofocante del centro de santiago en una tarde de verano, pero sin darle mayor importancia siguió caminando entre el mar de gente.
Entró en una tienda, para conseguir lo último que necesitaba antes de irse a su casa a descansar, normalmente le resultaba bastante desagradable ir de compras, pero esta vez fue casi un castigo para ella sortear con la variedad de olores entre basura, perfumes falsificados que ofrecían en las calles y el hostigante olor del maní confitado que se agudizaba debido al intenso calor que golpeaba la ciudad. Compró lo que le faltaba y salió de la tienda, su departamento no quedaba muy lejos por lo que podía irse caminando, evitándose así el aún más desagradable trámite de tomar micro.
Caminó por un parque bastante desolado y oscuro a esas horas de la tarde en que el sol descendía formando formas rosadas, naranjas, moradas e índigo en el cielo, absorta en cuentas y dramas mentales sin percatarse de una raíz que sobresalía del piso, haciéndola caer de bruces sobre el pasto.
- ¿Estás bien? Te caíste súper feo, a ver, muéstrame las manos- Le preguntó una voz que no logró asimilar de inmediato producto de la conmoción. Era un joven bajo y extremadamente pálido que le tendió una mano, parándola con facilidad.
- ¿De donde saliste?- respondió extrañada al creerse completamente sola caminando por aquel parque. –O sea, perdón, gracias, sí, estoy bien.- le dijo al joven avergonzada de su comportamiento poco educado.
- No te preocupes, ¿necesitas ayuda?- se ofreció el desconocido notando la infinidad de bolsas que llevaba.
- No muchas gracias, vivo un poco más allá- respondió rauda tomando sus bolsas y emprendiendo más la huída que siguiendo su propio camino. -¡Espera! Una cosa más.- le dijo el extraño -¿Cómo te llamas?- le preguntó sosteniéndola del brazo suavemente y haciéndola girar –Valeria- Respondió secamente, se dio la media vuelta y siguió caminando
II
Entró en su casa dejando las bolsas sobre la pequeña mesa de la cocina y comenzó a guardar las cosas en las despensas y en el refrigerador. Vivía sola en un departamento bastante céntrico, en un barrio tranquilo y seguro, lo que le ayudaba a estudiar sin distracciones, pero al encontrarse de vacaciones extrañaba el ajetreo y las fiestas de la universidad, pero confiaba en que aquel tiempo la ayudaría a descansar.
Se dirigió a la sala de estar, encendió la radio y se puso a cantar a todo pulmón mientras cocinaba la cena, sabía que sus vecinos estaban fuera de Santiago, podía hacer todo el ruido que quisiera sin ser escuchada.
Mientras ponía la mesa creyó oír un suspiro en su nuca y se dio vuelta sobresaltada con la respiración acelerada sin descubrir a nadie se estremeció y abandono rápidamente el comedor.
Su celular vibró en su bolsillo haciéndola gritar y contestó ruborizada por su propia estupidez al tiempo que caminaba a bajar el volumen de la radio.
-Ah! Eres tu ¿Dónde vienes?- preguntó Valeria tratando de disimular el sobresalto – Estoy en la puerta, bájale el volumen a la radio ¿Cómo quieres escuchar el timbre así?- le contestó la voz de la amiga que estaba esperando. – Discúlpame, al tiro te abro- respondió entre risas.
Corrió hacia la puerta, dejando entrar a su amiga y se abalanzó sobre ella abrazándola muy fuerte.
-Tanto tiempo sin verte, pasa ¿tienes hambre?-
Así transcurrió la noche hasta que ambas se encontraron mirando televisión en la cama, recordando viejos tiempos. Valeria y Carla habían sido compañeras de colegio desde pequeñas y se conocían como si fuesen hermanas, compartiendo incluso sus vacaciones familiares.
-¿Sabes que? Me gusta tu departamento ¿Pero no te sientes muy sola?- Preguntó Carla mirándola de reojo con un dejo de preocupación. – Creo que ya me acostumbré, aparte, siempre vienen compañeras de la U a estudiar acá, pero es inevitable a veces extrañar la compañía de alguien- Contestó la anfitriona con la mirada perdida en la ventana de su pieza. En aquel momento sonó el timbre y Valeria se paró y abandonó la habitación.
III
Caminó por el pasillo central encendiendo las luces a su paso y miró por el ojo de la puerta, pero estaba completamente congelado, al igual que la manilla, por lo que le costó mucho hacerlo girar para descubrir que no había nadie al otro lado. Examinó la puerta por fuera pero no encontró nada, solo un frío sepulcral que entumeció de inmediato sus manos y su nariz, comenzando a salir vao por ella.
Cerró con fuerza y corrió a su habitación, pero su amiga estaba en el baño.
-Será mejor que salgas rápido porque me acaba de pasar algo muy raro- Le aconsejó Valeria a su amiga, pero no obtuvo nada por respuesta. Se sentó en la cama haciendo como que veía la televisión, pero en realidad su mente estaba en los extraños sucesos de solo unos segundos atrás. Comenzaron a pasar los minutos, por lo que la preocupación se apoderó de ella y decidida, entró a cerciorase de que su amiga se encontrara bien.
Al dar un paso dentro del baño se percató de que la luz estaba apagada y que el piso estaba resbaloso, y encendiendo la luz se llevó la mano a la boca y reprimió un grito para caer conmocionada en el piso rociado por sangre.
Carla estaba sentada sobre el lavamanos con la polera completamente rota por el pecho y la cabeza inclinada para atrás, dejando expuesto el cuello que estaba seccionado brutalmente, con la traquea colgando y la sangre saliendo a borbotones. Aún estaba viva pero evidentemente le era imposible respirar, Valeria se paró y abandonó el baño corriendo y tomó el teléfono, pero el cable estaba cortado.
IV
Se encerró en la cocina y cerró la puerta y la pequeña ventana que había en la logia colindante, se armó de un cuchillo y trató llamando desde su celular.
Distinto de todo era el miedo que en ese momento podía incluso respirar Valeria, era superior a cualquier angustia experimentada con anterioridad. Tenía las manos y la cara empapadas de sangre, la cual escurría por sus mejillas y cuello producto de las lágrimas que brotaban de sus ojos. Se sentía acorralada y desesperada notaba como se ahogaba en sus propios sollozos, por lo que se empezó a marear y vomitó, para luego caer desmayada al suelo.
No supo cuanto tiempo había pasado, se despertó sobre un charco de bilis mezclada con sangre, con un cuchillo en la mano y su celular a unos pocos metros completamente destruido, como si una mano muy poderosa lo hubiera aplastado como quien aplasta una lata de bebida. Se levantó apoyándose en los muebles que tenía a su alcance, y aún con la vista nublada, pudo leer en la pared un mensaje escrito con sangre que decía “Vámos! Juguemos un rato!”.
Vaciló un momento con el pomo de la puerta entre las manos y abrió con el cuchillo preparado para asestar una puñalada a quien se atreviese a dañarla, pero las luces del departamento estaban completamente apagadas y la luna entraba a medias por entre las cortinas. Caminó un par de pasos pegada a la pared dirigiéndose a la puerta de calle, tratando de no hacer ni el más mínimo ruido y tratando de contener los sollozos que se amontonaban en su garganta, pero una risa resonó como un trueno en la habitación, haciendo que se detuviera en seco.
-Jajaja! Memento homo quia pulvis es et in pulverem revertis”. Recuerda hombre que polvo eres y en polvo te convertirás ¿Cómo puedes temerle a la muerte si es lo único a lo que te puedes aferrar con certeza?- Preguntó una voz grave, temible y muy antigua, como el viento que sopla en los grandes cañones de piedra.-Pero al parecer no te hace gracia mi humor sádico. Permíteme presentarme, soy muerte, lujuria, pero quizá ahora me guste mucho más llamarme Carla ¿no lo crees así?- Al pronunciar estas últimas palabras, se encendieron todas las luces con un feroz chispazo y Valeria descubrió quien era el que le hablaba.
V
Sentado sobre la mesa del comedor estaba el joven que la había ayudado solo un par de horas antes, pero se veía diferente. Sus ojos se hundían en una cara musculosa y unos enormes colmillos destellaban, con una expresión parecida a la de una bestia gruñendo.
Observaba distraídamente a Valeria mientras se lamía la sangre de las manos, mientras la joven procuraba mantenerse controlada.
-Me da risa como ustedes los humanos nos ven a nosotros los vampiros. Pero al fin y al cabo somos parecidos, solo que no tenemos nada que perder.- Bromeó el asesino saltando de la mesa ágilmente. Se acercó y empezó a olfatearla, hurgando por su cuello y su nuca. – Lo único que no me gusta de hacer esto es que la comida está tan cagada de miedo que no puede compartir mi buen humor, pero no importa… No dejaré que pequeñeces arruinen nuestra romántica velada.- Rió observando como la expresión de terror y desesperación de su presa se tornaba en odio e impotencia.
Valeria aún conservaba el cuchillo, el cual había podido esconder justo a tiempo en su pantalón, pero estaba completamente paralizada por el miedo, aun que cada palabra la enfurecía más y más, pensando en como esa criatura monstruosa se burlaba de ella. En un momento, decidió no entregar su vida tan fácilmente.
El vampiro comenzó a recorrer la habitación en busca de dinero y cosas de valor para robar, mientras lanzaba preguntas sin respuestas, Valeria guardaba silencio, pero ya no por el miedo sino por que estaba planeando una estrategia para librarse de el.
VI
Las horas comenzaron a correr, veía como la luna y las estrellas avanzaban en el firmamento, presas eternas de la danza cósmica, pero ella se encontraba prisionera de un destino que probablemente la llevaría a un horrible final, lleno de sufrimiento y soledad, descuartizada y desangrada en algún rincón de su silencioso departamento. Esto se lo hacía saber a cada minuto su anfitrión, como se había autodenominado con ironía, pero las ideas de deshacerse de el había desaparecido de la mente de Valeria por el cansancio y la constante presión psicológica que ejercía el monstruo con cada palabra que salía de su repugnante hocico.
En un minuto, la joven no pudo aguantar más y cedió, quedándose media dormida en un rincón donde la tenía acorralada mientras él continuaba con su morboso monólogo, tan ensimismado que no se percató que su presa se había quedado dormida.
En sueños, Valeria se encontraba sentada sobre su cama, completamente desnuda y muerta de frío, contemplando las paredes vacías e imponentes de su cuarto, cuando por debajo de la puerta, por las ventanas, por los cajones, comienzan a salir miles y miles de ratas. La habitación era cubierta por un hedor de alcantarillas, podredumbre y heces que aturdía a la joven, mientras observaba como cientos de ratas sucias y mojadas se abalanzaban sobre ella y le roían las orejas, los ojos, los dedos, los genitales, la nariz y el cuello. Podía sentir como el terror la enloquecía y la acompañaba junto al dolor, a la muerte más horrible que se pudiese concebir en su mente.
Despertó bañada de sudor en su cama, atada de pies y manos a cada esquina. Podía ver por las cortinas como entraban algunos rayos de sol. La puerta del baño que colindaba a su pieza estaba abierta, y el cadáver de su amiga estaba sentado sobre el inodoro colocado en la posición de “El pensador”. Pensó que para aquel bastardo aquella broma pudo resultar bastante jocosa, pero para ella resultó para menos repugnante, debido a que su amiga aún conservaba el rostro completamente desfigurado de dolor, pero una lívida palidez comenzaba a evidenciar junto con las moscas atraídas por el calor y el olor, los primeros rastros de la descomposición.
Trató de liberarse de las sogas pero le fue imposible y comenzó a examinar en busca de alguna herramienta que le ayudase a soltarse, pero descubrió que en el techo decía “El juego aún no ha acabado”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
